
Por Leonardo M. D’Espósito
Hypocrite spectateur, mon semblable, mon frère*:
Yo sé que hay malhumor. Lo sé porque, aunque soy un crítico de cine que vive encerrado en una torre de marfil con una sala de proyección enorme sólo para mí, igual cada tanto debo salir a la calle y ver qué pasa alrededor. Sí, hay malhumor, lo siento en el aire, lo siento en el agua, lo siento en la tierra. Pero lo siento: el malhumor no me alcanza para explicar dos décadas completas de degradación de la forma de ver o de comportarse en el cine. Y cuando digo “degradación” no digo que te hayas transformado en un residuo químico, sino otra cosa: te has transformado en un residuo cultural.
¿Cuántos libros leíste durante el último año? ¿Cuántos que no figuren en la lista de best-sellers de alguna de las dos o tres cadenas que monopolizan la distribución de las letras? Porque con los libros pasa lo mismo que con las películas: sólo aparece en librerías lo que se vende mucho. Otras cosas las tenés que buscar con lupa (o ¡bajártelas de Internet!). El otro día quería regalarle a un amigo La piedra lunar, de Wilkie Collins. Es una gran novela que combina a Dickens, Jane Austen y Sherlock Holmes. Bueno, no lo conseguí. No, para nada, en ninguna parte. No busques clásicos. Tampoco busques libros contemporáneos de los que valen la pena, o al menos ninguna variedad que exceda los cuatro o cinco nombres que venden mucho y se distribuyen por defecto en ediciones de más de 15.000 ejemplares (una superproducción en estas pampas). No es que uno tenga nada contra Auster, Saramago, García Márquez o Eco (bueno, contra Aguinis sí, pero es una cuestión sólo mía), sino que muchas veces es lo único que hay. Las librerías de cadena (la mayoría de las librerías, desgraciadamente) dejaron de ser la red de curiosidad y de búsqueda de un autor a otro que solían ser. El oficio de librero está en vías de extinción, sustituido por empleados que controlan stock y saben en qué mesa está cada libro.
Ah, perdón: ésta es una revista de cine y estoy hablando de libros. Bueno, lo que quería era mostrarte que podés cambiar nombres propios y sustituirlos por realizadores o películas. El estado cultural es el mismo en ambos rubros. Como soy medio ignorante en música, prefiero no opinar (aunque, te digo, fue genial escuchar loas a Led Zeppelin a fin de año y durante un breve período gracias a la edición de Mothership por parte de congéneres que no diferencian a Los Piojos de The Clash). Me temo además que aquí –“aquí” es la Argentina, se entiende– ese deterioro cultural se nota mucho más y más rápido en la medida en que seguimos siendo un país periférico con enormes contradicciones y clivajes entre la población urbana y la rural, o entre quienes tienen acceso a la educación y quienes no. La cuestión –medio de ciencia ficción, si querés– es que hoy resulta que quienes tienen acceso a la tecnología y los medios tienen posibilidades ilimitadas de ver y leer. Sí, Internet, y no solamente. Sin embargo, reducen –reducís, a vos te hablo– sus elecciones al mínimo común denominador. Y la cosa es todavía más grave.
La tecnología es la tecnología del miedo. Así nomás: te dicen que afuera es una jungla y vos te quedás en tu casa, con tu computadora o tu televisor y tus DVD, o tus bajadas de Internet. Solo. En casa. Salís cada vez menos porque a) todo está carísimo y b) afuera es cada vez más violento. Te aclaro que, en la medida en que no salgas de casa o salgas cada vez menos –y gastes cada vez más en las cosas que te permiten quedarte en tu casa–, afuera va a ser cada vez más hostil. Paralelamente, cada vez te vas a relacionar menos con otras personas, con gente como vos que podría gustar de cosas diferentes; cada vez vas a discutir menos y a quejarte –por chat– más. Recuerda que la vida cívica es la vida de la ciudad, que “política” viene de “polis”. Que, para que las cosas marchen mejor, hay que formar parte de una sociedad. Eso no implica necesariamente afiliarse a un partido político, sino mirar con un poco de ojo crítico lo que pasa alrededor. Arriesgarse a ver, leer, escuchar cosas que no son lo que uno ve, lee o escucha todos los días. Incluso para rechazarlo, ojo: el hecho de decir “buéh, mirá, vi Pierrot, el loco y no me gustó ni medio” es ejercer ese sentido crítico.
El problema es que no lo hacés. Y que los productores de consumo cultural lo saben perfectamente, tanto que tienen dos estrategias básicas que podemos llamar “el fuego artificial” y “hacéte amigo”.
La primera consiste en llenar la pantalla de cine (pero también pasa con los libros y con la música, al punto de que da la impresión de que las novelas son guiones de películas y los discos, bandas sonoras) de imágenes impactantes o veloces, de sonidos envolventes y graduados para provocar la respuesta fisiológica más elemental. Algo parecido a la montaña rusa, pero sin la sensación de riesgo de ser lanzado, verdaderamente, a cientos de kilómetros por hora. O sea, correr una aventura física cómodamente sentado en la butaca. Una paradoja, se diría, si no fuera así nomás.
La segunda es esa cosa de “no, ché, mirá, esta película es LA película que hay que ver sí o sí para poder mañana hablar con tus amigos que, además, van a ir a ver esta película sí o sí”. Después la película en cuestión es una oquedad, pero qué va: fuiste, viste y hablaste. Eso son El código Da Vinci y Sex and the City, epítomes de la basura inane que suele superpoblar pantallas. Pero vos vas porque “y buéh, es que la eligieron los chicos/las chicas y quedamos en ir juntos”. Yo no digo que uno no pueda o no deba hacer una salida al cine con los amigos; es una tradición tan vieja como el bife de chorizo en El Palacio de la Papa Frita. Pero imagino que, ponéle, vos sos una de las cuatro chicas que mató para conseguir entradas para el estreno de la bazofia esa con Caradecaballo Parker. ¿Cómo es que surge esa idea de ver Secsandesíti? ¿Te lo preguntaste? Espero que sí, aunque imagino que no: es más fácil consumir acríticamente sin detenerse a pensar “¿tengo ganas realmente de ver esto?”. Porque el asunto es “formar parte del evento”: ¡Fui uno/a de los primeros en ver X! ¡Participé de la excitación previa! ¡Estuve ahí, wow! ¿Y? No puedo creer que una sola de las personas que vio Sex and the City la haya disfrutado realmente. No quiero pensarlo porque además me da miedo: quien disfruta de un producto publicitario, vacío, donde no hay una imagen interesante o atractiva y que, además, dice que las mujeres sólo son frívolas, consumistas, idiotas y quieren pescar a un hombre a como dé lugar, ¿cómo vota? ¿Elige por obligación una boleta en el cuarto oscuro de la misma manera en que elige una película para ver “porque voy con las chicas”? Si fuera así, muchas cosas de las que nos asombramos algunos tendrían explicación, pero me rehúso a creerlo.
Me estoy yendo por las ramas. Lo que me molesta, estimado o estimada, es que con tanta posibilidad de elección a mano no hagas uso de ella. Que la curiosidad se te haya muerto. Se me ocurre que eso de laburar cada vez más (y de que, horror, uno vea esas publicidades de gente feliz por consumir analgésicos para laburar aún más, algo que ni se le ocurrió a Paul Verhoeven en Robocop –no sé si la viste, era un gran blockbuster pero hace veinte años, a lo mejor para vos ya es vieja–) hace que uno quiera “distraerse y no pensar”, con lo cual opta por lo primero que tiene a mano (Tinelli es producto de eso), como si el cerebro descansara de esa manera (te aseguro que no). Quizás tenga que ver con la tecnología y con que, como ahora podés ver lo que quieras con sonido envolvente en el living, para qué moverte de tu casa (pero digamos, simplificando un poco, que ese artilugio sólo se disfruta a pleno con cosas puro efecto… ¿O se te ocurriría alquilar Honor de cavalleria? Sí, es una película buenísima que se disfruta más cuanto mejor se vea o escuche). Y en tu casa, claro, mientras mirás El Hombre Araña 3, atendés el teléfono, hablás a los gritos con tu pareja que está en la cocina, te levantás a buscar una gaseosa o una cerveza, etcétera (y, como perdiste el hábito comunitario del respeto por el otro, en el cine hacés exactamente lo mismo, creyendo que pagar una entrada te da el derecho de portarte como se te canta). Finalmente, bajaste el cuello y sos un esclavo más, tan esclavo que ni siquiera optás por tomar por asalto tu ocio. O todo eso junto. Por las dudas, te aclaro, la culpa es toda, exclusivamente, tuya. El día que digas “no”, volvemos a hablar.
*No, no puse esa cosa en francés para hacerme el culto, si no para ver si te agarraba la mínima curiosidad de saber de dónde viene la cita. Como todavía conservo la esperanza, no te lo digo. Por las dudas, “mon semblable” es “mi semejante” y “mon frère”, “mi hermano”. De nada.